Ellos también fueron niños by mabm


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Antonio no era un soldado. No había empuñado un arma en su vida, ni siquiera de niño cuando jugaba con otros pequeños a la guerra por las calles sin asfaltar de aquel encantador pueblecito perdido entre montañas. Decía que le quemaban en las manos.

Él era un poeta. La única arma que había blandido a lo largo de su existencia era la estilográfica que le había regalado su madre por su décimo cumpleaños. Y como munición, las palabras.

Su madre… ¡Cuánto la echaba de menos! La estilográfica fue lo último que le pudo regalar aquella mujer de frágil salud. Ella era la única, en un mundo de hombres, con la sensibilidad suficiente para entenderle, apoyarle y alentar sus sueños. Su padre, así como sus hermanos, le decían que aquello no era cosa de hombres y que las letras no le iban a dar de comer.

Mientras tanto, Antonio continuaba ondeando bandera blanca en sus juegos bélicos con el resto de sus amigos. Estos se disparaban los unos a los otros con sus cochambrosos revólveres hechos de cartón, madera o con cualquier cosa que encontraban y su imaginación improvisara, e incluso con el pulgar e índice a modo de gatillo y cañón.

Pasaron algunos años y Antonio seguía con su “obsesión”, como siempre le echaba en cara su padre: —Casi un hombre y no sirves para nada —no se cansaba de repetirle. Pero Antonio había aprendido, hacía mucho tiempo, que a oídos sordos palabras necias.

Comenzaban a soplar vientos de cambio. Eran tiempos convulsos que no presagiaban nada bueno. Hacía poco que había entrado el verano y junio, moribundo, exhalaba su último aliento.

Ahora muchos de los que se hacían llamar sus amigos eran sus enemigos. Los vecinos se acusaban unos a otros, muchas veces azuzados por viejas rencillas que nada tenían que ver con los tiempos que acontecían; era una auténtica caza de brujas. Una noche mientras cenaban, el vecino de la casa de al lado, al que desde pequeño siempre había llamado tío, por la estrecha amistad que le unía a su padre, —somos como hermanos— afirmaban ambos, vino a buscar a su progenitor y se lo llevó. Antonio no dijo nada, pero pudo percatarse de como las lágrimas anegaban el alma de aquel que le dio la vida. Entonces le vinieron a la memoria las palabras que tantas veces le había repetido: —Llorar no es de hombres y nunca más volvió a verlo.

Un día, sin saber muy bien cómo ni por qué, fue llamado a filas mediante una misiva que nada tenía de poesía. Lo más curioso es que se trataba del bando al que, todos en el pueblo, llamaban enemigo. Y más curioso todavía era que se trataba del mismo en el que militaba su padre, cuando padre e hijo habían estado siempre coexistiendo en bandos distintos.

Ahora el fuego era real. Ahora ya no eran niños jugando a la guerra. Antonio llevaba su fusil colgado en bandolera, pero nunca lo empuñaba. Cuando se encontró frente a frente con Ramón, su vecino y amigo de la infancia, su primo, en teoría, este le apuntó a matar al corazón. Y le hubiera matado de no haber sido porque una bala perdida le atravesó el abdomen, hiriéndolo de muerte. Ramón cayó al suelo más muerto que vivo, pero aún respiraba. Antonio se arrodilló a su lado y le sostuvo la cabeza en su regazo. Le habló de viejos tiempos y de los buenos momentos que compartieron de pequeños.

¿Te acuerdas cuando éramos niños? —Y Ramón asintió y se fue, tranquilo y en paz, acunado por su mejor eneamigo.

Pero una segunda bala llevaba su nombre. Y en un acto reflejo disparó. Era vivir o morir.

Pasaron algunos años más y el conflicto terminó. Pero entonces llegó lo peor. La hambruna campaba a sus anchas y los cañonazos que provocaba el hambre en sus famélicos estómagos abrían boquetes mayores que los cañones de artillería.

Ahora las pesadillas se sucedían noche tras noche. Los demonios le atormentaban nada más cerrar los ojos, aunque durante las horas de vigilia las cosas no eran mejores. Jamás volvería a ser el mismo, no después de aquello, no después de todas las atrocidades de las que fue testigo y de las cosas que tuvo que hacer para (sobre)vivir. Su gente, el mundo, su Dios… le habían perdonado ya, pero no había perdón, humano ni divino, que le consolara, porque él nopodía perdonarse a sí mismo.

Diciembre 2017

30 respuestas a “Ellos también fueron niños by mabm

  1. Antonio poeta romántico y soñador, se dejaron sus letras en el olvido, por las armas, es triste pero así eran los días de nuestros abuelos en la guerra civil de españa, espero que mucha gente te lea, para que si siguen leyendo estas cosas es posible, quizá que esa parte de la historia no se repita. Muchas gracias por esta historia que no es cuento, por qué cosas así sucedieron en el siglo pasado

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  2. Es un bonito —triste— pero bonito relato de una realidad que aún asola en pueblos de todo el mundo y que pueden volver en un pispas, solo hay que ver lo que ocurre en España, con Cataluña, cada día hay más encontronazos entre vecinos por la estupidez del independentismo, cuando hace dos días que eran los de la derecha, contra la izquierda, pero es lo que hay.
    Solo un inciso. El dicho es a palabras necias, oídos sordos, no al revés, pero solo es una manía mía.
    Un abrazo.

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