El asesino de la escalera de caracol (Parte I) ©by mabm


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Aún recuerdo aquel incidente que tantas noches me mantuvo con los ojos abiertos como platos. Lo recuerdo con la nitidez de un fotograma a tecnicolor pasando a cámara lenta por mi memoria y donde el rojo siempre fue el color predominante. Lo recuerdo, no sé si con pesadumbre o agradecimiento; o tal vez con una mezcla encontrada de ambas. Pero lo cierto es que no consigo discernir cuál de las dos pesa más.

Tras más de cincuenta años al frente de la jefatura de homicidios, nunca jamás me había topado con nada ni remotamente parecido.

Era la primera hora de una fría y gris mañana de febrero intentando entrar en calor mientras sostenía una humeante taza de té entre mis manos, si bien hubiera preferido que fuera de chocolate caliente (pero quería bajar algo de peso antes del verano), cuando sonó el teléfono. Entonces nadie podía imaginar que aquella llamada lo cambiaría todo, desde nuestra forma de ver el mundo hasta la manera de vivir la vida.

El caso, nunca mejor dicho, es que desde el otro lado de auricular una trémula voz, puede que entrecortada por la macabra escena o quizás por el revuelo mediático que se estaba montando alrededor de ella, anunciaba la aparición de una mujer muerta en el ojo de la escalera de caracol del edificio más emblemático y antiguo de la ciudad, en la confluencia de las calles Tempus fugit y Carpe diem. Desde tiempos inmemoriales lo rodeaba la claroscura leyenda de que en su centro, en lo más profundo de su alma inmortal, tictaqueaba un imparable corazón.

En cuanto llegué al lugar de los hechos me abrí paso a mano alzada con mi placa en ristre entre el tumulto de curiosos personajillos que se agolpaban a las puertas del infierno. No hacía falta ser un lince para sumar dos y dos y saber que, probablemente, lo acontecido allí ya estaba en boca de todos y emitiéndose en todas las cadenas de televisión. Era prioritario decretar cuanto antes el secreto de sumario para evitar el sesgo en la investigación.

Al acercarme al punto exacto donde se hallaba la víctima, el panorama era desolador. Una mujer sin vida yacía rota y desencajada, en una posición antinatural que distaba mucho de ser humana, donde convergía la escalera de caracol; en el mismísimo centro de la edificación. A primera vista el cuerpo no presentaba signos de violencia (pero sí del paso del tiempo)pero, como hubiera sido de esperar, no reposaba sobre un charco de sangre; ¿dónde estaba la sangre? No hizo falta irse muy lejos.

En cuanto el incipiente sol comenzó a filtrarse por la claraboya que coronaba, como si de las lentes de unas gafas se tratara, el ojo de la caracola, fueron apareciendo en todas sus paredes anotaciones escarlata; parecía algo así como un manifiesto de intenciones.

Sentí náuseas, pero me resultaba mucho más sencillo respirar e intentar controlarlas que bracear entre esa marabunta humana que se agolpaba en la entrada y salir a la calle. Pensaba que, ahora que me acercaba a la tan ansiada jubilación y con todo lo que llevaba a mis espaldas y grabado en mi retina, se me habría curtido el alma y estaría curada de espantos. Pero aquello…

Marzo 2022


Y llegados a este punto, ¿sospecháis ya quién es el asesino?

5 respuestas a “El asesino de la escalera de caracol (Parte I) ©by mabm

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